Nadie le dijo que usara IA
Cómo una arquitecta que aprendió sola terminó mostrándole a su empresa lo que la IA ya podía hacer
Mi esposa no trabaja en tecnología. Es arquitecta. Dirige el área de arquitectura en una empresa grande de retail chilena. Hasta hace un año, su relación con la inteligencia artificial era escucharme hablar de eso todo el día en la casa.
No fue un curso ni un workshop lo que la hizo empezar. Fue algo personal. Un familiar cercano entró en un proceso médico complejo. Exámenes, tratamientos, medicamentos, efectos secundarios. Mucha información técnica que llegaba rápido y que había que entender para poder ayudar. Abrió ChatGPT, se creó una carpeta dedicada al tema, y empezó a cargarle todo lo que recibía. Resultados de laboratorio, indicaciones médicas, preguntas que no alcanzaba a hacerle al doctor en los quince minutos de consulta. La IA se convirtió en su forma de entender lo que estaba pasando y acompañar mejor a su familiar.
No estaba “adoptando IA”. Estaba resolviendo un problema que le importaba.
De la casa al trabajo
Eso la cambió. No porque se hiciera experta en IA, sino porque perdió el miedo a hablarle a la máquina. Aprendió que podía subirle exámenes de sangre y pedirle que los comparara con los anteriores. Que podía preguntarle por efectos secundarios de un medicamento específico, cuántos años llevaba en el mercado, qué opciones alternativas existían, qué seguros lo cubrían. Cosas que antes dependían de esperar la respuesta de un doctor que, como todos los doctores, estaba ocupado. En una ocasión, la IA detectó una falta de hidratación en los exámenes antes que el médico. No reemplazó al doctor. Pero le permitió llegar a la consulta con mejores preguntas y no quedarse esperando respuestas que tardaban días.
Un día le mostré Claude. Se entusiasmó, se pagó una cuenta, y se puso a armar un software para su trabajo. Quería resolver un flujo operativo que le consumía tiempo. No es programadora. Nunca lo fue. Pero llegó a armar un HTML funcional con todo el proceso mapeado. No le sirvió al final porque necesitaba capacidades de procesamiento de imágenes que la herramienta no tenía. Pero el punto no es que funcionó o no funcionó. El punto es que lo intentó. Una arquitecta, sola, construyendo software. Hace dos años eso no era una frase que alguien dijera en serio.
El quiebre en su trabajo vino con una presentación. Tenía que mostrar distintas opciones de arquitectura y sus costos. Usó IA para diseñar las propuestas, renderizar espacios a partir de fotos, comparar materiales, visualizar alternativas que antes requerían semanas de trabajo externo y presupuestos que nadie aprobaba. La presentación se entendió tan bien que su equipo completo empezó a trabajar con IA.
Después vinieron los presupuestos. Tuvieron una licitación donde se presentaron varias constructoras. Metió los datos a la IA e hizo un comparativo: detectó las partidas con mayor diferencia de precio entre las propuestas, verificó que estuvieran dentro de los rangos establecidos por la empresa, y cargó valores históricos para medir el alza real. Con todo eso llegaron a una negociación mejor informada que cualquiera que hubieran tenido antes.
Nadie en su empresa le pidió que hiciera nada de esto. No había un programa de adopción de IA para su área. No había un comité que le dijera qué herramientas usar. Lo hizo porque ya sabía que podía preguntarle cosas a la máquina, y un día se preguntó: ¿qué pasa si le pregunto sobre mi trabajo?
Cuando la empresa le abrió la cancha
Mi esposa le contó a su jefe lo que estaba haciendo. Su jefe la derivó con un gerente nuevo, a cargo de un área que la empresa acababa de crear para liderar la adopción de IA. Mi esposa pidió una reunión, le mostró todo: los renders, las presentaciones, el comparativo de la licitación. Al gerente le encantó. Le ofreció apoyo en lo que necesitara.
Se fue de esa reunión con tarea para la casa. Ella y su equipo se dividieron para probar todas las herramientas de IA que necesitaban: Claude, ChatGPT, Copilot, herramientas especializadas en arquitectura y diseño. El objetivo es elegir las mejores para su flujo de trabajo y pedirlas formalmente a la empresa.
Piensa en lo que acaba de pasar. Una empresa grande de retail ya tenía un área nueva de IA. Ya estaba mirando el tema. Tenía presupuesto, plan, estrategia de implementación. Pero cuando una arquitecta llegó con resultados concretos que nadie le había pedido, no le dijeron “espera a que definamos el proceso”. Le dijeron “muéstrame lo que hiciste” y le abrieron la cancha.
Eso es ser jardinero.
El jardín que nadie plantó
Lo que hizo mi esposa tiene un nombre en la literatura de gestión, aunque ella nunca lo buscó. HBR investigó cómo los mejores usuarios de IA se comportan distinto al resto. Encontraron que los que generan valor real no tratan a la IA como un buscador. La tratan como un socio de razonamiento. Le delegan tareas complejas con objetivos claros. Iteran. Exactamente lo que ella hizo: primero con la información médica, después con los renders, después con los presupuestos. No le preguntaba una cosa y cerraba. Pensaba con la herramienta.
BCG encontró que el 74% de las empresas no logra escalar sus proyectos de IA. Tres de cada cuatro. No porque la tecnología no funcione, sino porque la adopción no prende. La herramienta se compra, se instala, se anuncia. Pero la gente no la usa. O la usa como Google glorificado.
McKinsey lo puso en una metáfora que me quedó dando vueltas. Dicen que hay dos tipos de líderes frente a la adopción de IA: el carpintero y el jardinero. El carpintero planifica todo desde arriba. Diseña el mueble, compra los materiales, ejecuta el plan. Es el CEO que arma un comité de IA, contrata la consultora, define el roadmap de 18 meses. El jardinero hace otra cosa. Observa dónde ya están brotando cosas, y las nutre. No planta desde cero. Riega lo que ya creció solo.
Mi esposa fue un brote. Nadie la plantó. Creció sola porque las condiciones estaban dadas: exposición en la casa, una necesidad personal urgente, curiosidad, y ninguna barrera corporativa que le dijera “eso no es tu rol”. Cuando la empresa se dio cuenta de lo que estaba haciendo, tuvo la inteligencia de no aplastarla con un proceso. Le abrió la cancha.
Lo que vi en Yom
Me pasó algo parecido en Yom, pero desde el otro lado. Yo era el que tenía que decidir cómo adoptar IA en la empresa.
El primer impulso fue el del carpintero. Armar un plan, definir qué herramientas, capacitar al equipo, medir adopción. Lo intenté. No funcionó como esperaba. La gente asentía en las reuniones, hacía el curso, y después volvía a trabajar como siempre. El problema no era resistencia. Era que yo les estaba pidiendo que usaran algo que no habían necesitado todavía. La herramienta no resolvía un dolor que ellos sintieran. Resolvía un dolor que yo veía.
Lo que sí funcionó fue distinto. Empecé a usar IA para todo lo mío. Preparar directorio, analizar el pipeline, procesar reportes financieros, armar presentaciones. Mi equipo lo veía. Veían que las cosas salían más rápido, que llegaba a las reuniones con análisis que antes no existían, que les pedía cosas que antes no pedía porque no tenía tiempo de procesarlas. No les dije “usen IA”. Les mostré qué pasaba cuando alguien la usaba.
Los primeros en adoptarla fueron los que tenían sus propios dolores. Una persona del equipo comercial empezó a usarla para preparar propuestas. Otra la usó para analizar contratos. No fue simultáneo ni ordenado. Fue orgánico. Los brotes aparecieron solos. Lo que yo hice fue regarlos: darles acceso, darles tiempo, no pedirles que justificaran el ROI antes de haber experimentado.
Hoy Yom opera con IA en prácticamente todo. Pero no llegamos ahí por un plan de transformación. Llegamos porque las personas encontraron sus propias razones para usarla.
El segundo cuadrante
El primer cuadrante del E² es personal. Es hacerle una pregunta a la máquina. Es lo que le pasó a mi amigo el director con Copilot. Pero el segundo cuadrante no es “ahora haz lo mismo pero en tu empresa.” Es otra cosa.
Mi Org + Eficiencia no empieza con una estrategia de IA. No empieza con un presupuesto ni con un comité ni con un roadmap. Empieza con una persona que ya hizo el Q1 sola y que está generando resultados que nadie le pidió. Puede ser una arquitecta que aprendió a hacer renders con IA. Puede ser alguien del equipo comercial que empezó a preparar propuestas en la mitad del tiempo. Puede ser un analista que se armó su propio flujo de trabajo sin pedirle permiso a nadie.
La pregunta del Q2 no es “¿cómo implemento IA en mi organización?” La pregunta es: ¿quién en tu empresa ya la está usando y tú no lo sabes?
HBR encontró que solo el 31% de los empleados expresa entusiasmo real por la adopción de IA. Los líderes asumen que su gente está entusiasmada. No lo está. Pero entre ese 31% hay brotes. Gente que ya empezó sola.
Los brotes ya existen. La pregunta es si los vas a regar o los vas a aplastar con un proceso.
Esto es Mi Org + Eficiencia. El segundo cuadrante del E². No empieza con un plan. Empieza con abrir los ojos.
¿Quién en tu organización ya hizo el Q1 sin que nadie se lo pidiera?

