La conversación más difícil que he tenido sobre IA empezó con la encíclica del Papa León XIV
Si una máquina puede hacer tu trabajo, ¿quién eres sin él? Dos horas con Gonzalo sobre IA, sentido y educación, partiendo por la encíclica del Papa.
Acá no hago reporteo. Tomo una idea sobre IA y la llevo hasta donde dé, pensando en los que tenemos que decidir qué hacer con esto. Casi siempre por escrito. Esta vez fue distinto: dos horas en voz alta, con alguien que pregunta bien. Gonzalo me invitó de vuelta a El Garage de Gonzalo, su podcast (este fue el episodio 84), y nos propusimos algo más difícil que un post: bajar al fondo, sin apuro. Filosofía, trabajo, empresa, educación. Me hizo estudiar.
Partimos de un lugar inesperado para una conversación sobre inteligencia artificial: la encíclica que el Papa León XIV acaba de publicar, Magnifica Humanitas, que plantea la urgencia de custodiar la dignidad de la persona frente a esta revolución.
Esto es la versión corta. Abajo está el mapa de la conversación, y cada tema enlaza al minuto exacto del video.
¿Estamos construyendo la Torre de Babel? (4:40)
El Papa abre con dos historias. Babel: la humanidad habla un solo idioma y levanta una torre “que llegue al cielo” para hacerse un nombre. No para un bien común, sino para alzarse. Y mientras más alta, más se pierde el sentido de lo que se está construyendo. Nehemías: Jerusalén en ruinas, y un pueblo que reconstruye el muro por tramos, cada familia el pedazo frente a su casa, juntos, con la persona en el centro.
¿Cuál de los dos caminos estamos tomando? Mi lectura es que los laboratorios están en la dimensión de la torre, cada uno en su propia aventura. Musk dice que la misión es entender el universo y extender la luz de la conciencia hasta las estrellas. Altman quiere “una AGI en el bolsillo de cada persona”. Amodei habla de “un país de genios en un data center”, y es el único que pide bajar un poco el ritmo, de manera verificable, para que estos modelos no terminen en malas manos. Aventuras distintas, pero todas hacia arriba.
Lo que me quedó dando vueltas fue la frase que escribí para la conversación: el Papa no le tiene miedo a la torre. Le tiene miedo a que la construyamos en un solo idioma, el de la eficiencia, ese donde la persona deja de ser persona y se vuelve un dato en un dashboard.
Y ese idioma no lo eligen solo los laboratorios. Lo hablamos todos, cada vez que una empresa decide que ser más eficiente significa, antes que nada, necesitar menos gente. Ahí, en esa decisión tan cotidiana, empieza la conversación sobre el trabajo.
Si tu trabajo es tu identidad, el problema no es económico (19:00)
Gonzalo me hizo la pregunta de frente: ¿puede el ser humano vivir en un mundo donde trabajar deje de ser necesario?
Hay una trampa en cómo nos criaron. Nos formaron pegados al trabajo y al logro. Entonces, cuando tu identidad es lo que haces, el planteamiento se vuelve brutal: si mi vida es mi trabajo, el día que me quedo sin trabajo me quedo sin vida. Y ese miedo, más que el de la plata, es el que está debajo de toda la discusión sobre IA y empleo.
Yo difiero de esa mirada. La vida es mucho más que el trabajo, y somos lo que somos, no lo que producimos. Gary Zukav lo escribió hace décadas en El Asiento del Alma: tu identidad no es tu cargo. Federico Sánchez lo dice de otra forma que se me quedó grabada: vamos a tener que enfrentar el temor al vacío y atrevernos a desarrollar el proyecto humano, eso que tenemos botado porque la mayoría de las horas del día se nos van trabajando.
Te lo pongo en mi caso. Me levanto temprano los fines de semana a estudiar, a leer, a meterle mano a la inteligencia artificial, a crear. No por plata. Me estimula, me hace mejor persona. Si algún día una máquina hace lo que hoy hago para ganarme la vida, perfecto. Lo que me importa es moverme hacia eso que me hace bien, en vez de seguir arrastrado por el sistema que ya tenemos armado.
Ahí aparece la pregunta difícil, la que doy vueltas con Gonzalo en el video: si la máquina puede producir casi todo, ¿de qué vivimos?
Y entonces, ¿quién paga? (49:30)
La conversación se pone incómoda de verdad en este tramo, y la gente lo notó: es lo que más se discutió en los comentarios del reel que publicó Gonzalo en Instagram.
El punto es una paradoja que ya escribí una vez, la del CEO eficiente. Si soy CEO de una empresa de bebidas y le meto agentes y robots, bajo mi costo, subo mi margen y mi acción sube. Tú, que preservaste a tu equipo, quedas con menos margen y con presión para hacer lo mismo, así que terminas optimizando también. Y cuando todos optimizamos al mismo tiempo, recortamos a la misma gente que compra nuestros productos. ¿A quién le vendemos después? El comentario más votado del reel lo dijo mejor que yo: “tan disruptivo que nadie va a tener plata para gastar en sus nuevos modelos de negocio”.
Después de grabar escuché a Marc Andreessen en el podcast de Joe Rogan plantear el reverso, y me dejó pensando. Su tesis: la natalidad cae y la población envejece. Para sostener el sistema, incluidas las pensiones de los que dejan de trabajar, hay tres salidas: subir la natalidad, que va de bajada; traer migrantes, cada vez más difícil; o que la IA haga el trabajo. Si es la IA, no estaría destruyendo empleo, estaría llenando un hueco que igual se venía. Los trabajadores humanos, dice, van a estar a premio, no a descuento.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y por eso el debate está tan bueno. Lo que ninguna resuelve es lo de fondo: aunque la máquina produzca la abundancia, ¿cómo generamos para vivir? La salida fácil del ingreso universal no me convence. Si dependo de que alguien me pase la plata, el día que me porte mal y me la corten, me controla. Cambiaríamos el sistema de hoy por uno peor.
No tengo la respuesta cerrada. En el video la doy vueltas con Gonzalo, y honestamente, invito a que me la discutan.
La suerte que nos compra tiempo (y por qué es menos del que crees) (57:00)
Hay una buena noticia escondida en todo esto, y se llama cuello de botella.
Chad Jones, profesor de Stanford, lo explica simple: una empresa avanza tan rápido como su cuello de botella más cercano. Automatizas las ventas y listo, ahora un agente le vende a diez mil clientes. Pero atrás la producción no se actualizó, la bodega no da abasto, y no puedes despachar. La ola de la IA es transversal y brutal, pero choca contra mil frenos humanos y físicos que no se mueven a su velocidad. Esos frenos, paradójicamente, son los que nos dan aire para adaptarnos.
Ese aire es menos del que tuvimos nunca. En las revoluciones anteriores, el tren, la electricidad, el computador, pasaban décadas entre que la tecnología aparecía y cambiaba el trabajo, tiempo de sobra para que la gente se reacomodara. Esta es distinta. En menos de un año, el 75% del código de una empresa como Anthropic ya lo escribe la propia IA, que además se mejora a sí misma cada vez más rápido. Como le dije a Gonzalo: lo que me preocupa no es la ola. Es que llegue de un día para otro y nos pille sin habernos puesto ni el traje de baño.
Hay un costo que casi nadie nombra con honestidad. No es desempleo, es precarización. Waymo, los taxis sin conductor que ya circulan por varias ciudades de Estados Unidos, son la señal de lo que viene: me subí a uno y quedé loco. Cuando eso llegue a los camiones, el camionero no se reconvierte en ingeniero de la NASA. Mi hija, que está en la universidad y vive metida en los modelos, quizás. El camionero de cincuenta años, no tiene como.
Para mí esto no está en discusión. Capaz que a Latinoamérica le llegue en varios años, y puede ser. Pero va a llegar. Y el día que llegue, el camionero y el taxista no van a sufrir solo porque pierden el sueldo. Van a sufrir porque les enseñamos que ellos son su trabajo. Ese es el modelo que está mal, y es el que tenemos que empezar a cambiar antes de que llegue la ola.
Tu jugada: no seas tú el cuello de botella (1:14:00)
Toda esta conversación puede sonar a futuro lejano. No lo es. Hay algo que puedes hacer hoy, y no pasa por esperar.
La brecha ya no es de acceso. El modelo está en el bolsillo de todos y cuesta poco o nada. La brecha es de coraje y de cultura: atreverse a usarlo. Te lo pongo con la persona que más me sorprendió este año, que es mi hija. Tiene 19, está en segundo año de ingeniería comercial, no sabe escribir una línea de código, y me construyó el sistema de onboarding de la empresa con Claude. Cuando lo vi funcionando me corrían las lágrimas. Ella no pensó en la limitación técnica: se centró en el cliente, entrevistó, y lo construyó. Hoy estamos armando un ecosistema de agentes de soporte a los empleados de Yom a partir de eso.
Esa es la jugada, y tiene nombre: la llamo E², eficiencia por expansión. Primero te haces más eficiente tú. Si te pasas el día leyendo correos, usa la herramienta para leerlos en la mitad del tiempo. Con esas horas que te quedan libres, aprende a usarla mejor, lleva esa eficiencia a tu equipo, y de ahí expándete: haz cosas que antes no podías, y al final cambia lo que hace tu empresa. La milla extra ya no es trabajar más horas ni sobarle el lomo al jefe. Es esto.
Lo que le insistí a Gonzalo es esto: el cuello de botella de tu empresa va a ser su estructura, su cultura, sus procesos. Deja que ese freno sea de la organización, y ayúdala a soltarlo. Lo que no puedes permitir es ser tú el cuello de botella, el que no quiso adaptarse en lo único que sí estaba en sus manos.
Y no te lo digo desde la tribuna. En Yom hago agentes que, de una manera u otra, reemplazan vendedores. Vivo esa paradoja todos los días y es incómoda. La administro lo mejor que puedo, pero no me hago el tonto: es real, y es difícil.
Cómo educamos para todo esto (y por qué lo estoy construyendo) (1:22:00)
Todo lo anterior tiene una raíz, y es cómo nos educan. El sistema escolar que tenemos lo diseñó Rockefeller hace muchos años: necesitaba gente preparada para trabajar en sus fábricas y armó una escuela para producirla. Funcionó durante un siglo porque había un trato. Estudiabas, te empleabas, subías en la escala jerárquica y ganabas más dinero. Ese trato se está rompiendo.
Si lo que se vuelve barato y abundante es la inteligencia, enseñar a memorizar y a contestar preguntas es entrenar a los niños para lo único que la máquina ya hace mejor. Lo que hay que enseñar es lo otro: a preguntar, a discernir, a tener criterio, ética y agencia. A no quedarse esperando que aparezca el empleo, sino a saber construirse uno.
Acá está la parte que me tiene ilusionado. La IA es la tecnología más inclusiva que hemos inventado, porque no terceriza la inteligencia, la pone al alcance de todos. Antes, el que accedía a la mejor educación se quedaba con la ventaja. Ahora la ventaja está en saber dirigir esa inteligencia, y eso se le puede enseñar a cualquiera. Si le enseñamos a todos, y no a unos pocos, la carta del Papa tiene de verdad una posibilidad de cumplirse.
Eso es lo que estoy intentando construir con un grupo de personas que tiene la misma inquietud. Se llama Arquímedes, un programa para enseñarles esto a los jóvenes, y lo estamos intentando pilotear este año, si es que la burocracia que controla nuestro sistema educativo nos deja. El nombre viene de la frase que lo resume todo: dame un punto de apoyo y moveré el mundo. La palanca, hoy, es esta. Lo que falta es enseñar a usarla.
Esto es la versión corta. La conversación entera dura casi dos horas, y arriba dejé los saltos a cada tema. También pasamos por cosas que no entraron acá: la guerra que se deshumaniza, la carrera entre Estados Unidos y China, y un cuento de niños sobre por qué competimos por lo que nos hace daño.
Y queda la pregunta del Papa, que es la que de verdad importa. ¿Babel o Nehemías? ¿La torre que nos separa, o el muro que construimos juntos? Mira la conversación completa y elige de qué lado vas a construir.

